viernes, 31 de agosto de 2012

Del fracaso en lo esencial


algo esencial cristalizó este verano en forma de piedra angular

Aunque no haya escrito durante todo el agosto, y aunque no me haya preocupado el no hacerlo, han seguido llegando a mi cabeza reflexiones para escribir entradas del blog, al mismo ritmo de siempre, es decir: cuando ellas quieren.

Pero esta vez las he dejado correr. No he registrado ninguna. Cada vez que me asaltaban pensaba que si son tan válidas, si tan ciertas eran, ya volverían. Ya volveré a encontrarme con ellas pensaba. Ligereza estival.
Y una concretamente insistió mucho más que las demás. Y de tanto encontrármela empecé a pensar que quizá se trataba de algo muy serio. O de una obsesión. O de ambas cosas.

Como no me la he podido quitar de encima en todo el verano, y puestos a convivir con ella como si fuera un fantasma, pues he intentado ponerla a prueba permanentemente. Cuestionarla en cada ambiente. Lo he probado en mi antigua escuela de arquitectura, en la nueva casa de Casandra en Barcelona, en mi casa de toda la vida en Ibiza, en Benidorm, en Rodalquilar, en la tienda de campaña, en los hostales, en las playas del Cabo de Gata, en el mar de invernaderos de El Ejido, en un pueblo perdido de la Alpujarra, en la Alhambra de Granada, en la mezquita de Córdoba, en las tristemente famosas setas de Sevilla... por supuesto también a mi vuelta en Reykjavík... y el fantasma siempre ahí, impasible.

Ha llegado para quedarse.

Los arquitectos nos preocupamos de conceptos, formas, distribuciones, materiales, acabados, luz... del paso del tiempo... cosas materiales o abstractas, con intenciones concretas o más difusas, pero el nivel al que nuestras creaciones nos afectan, en la faceta más decisiva para nuestra percepción, es un nivel directamente oculto. Una capa invisible. Literalmente subliminal.

No pretendo haber descubierto la pólvora. Sé que los grandes arquitectos ya conocían este secreto a voces. O de lo contrario no serían tan grandes. Pero como casi todos están muertos me pregunto (les pregunto, os pregunto) cuántos de los que construyen hoy en día son conscientes de ello. Intuyo que pocos. Que muchos reconocidos creadores de lugares maravillosos, a efectos de una percepción inmediata y consciente del espacio, desconocen este factor básico. Con lo cual sus creaciones se encuentran a la deriva en un mar azaroso donde no controlan algo tan esencial como lo subliminal.

La subliminalidad en todas las cosas, pero concretamente en la arquitectura, es la conclusión más valiosa y radical que me ha dejado este verano. Tanto que a partir de ahora todo tiene que pasar por ahí.

Por supuesto tenemos relaciones mucho más directas y pragmáticas con la arquitectura. Pero incluso todas ellas tienen componentes subliminales que son las más efectivas, creo haber entendido. Todas las relaciones descriptibles, inmediatas (a corto o largo plazo) y conscientes con el espacio son sólo la estructura que soporta los proyectores responsables del holograma final que supone la percepción, reino dominado por lo subliminal.

Todo lo que creía esencial y además central (solidez estructural, adaptación al entorno, elección de materiales... dirigidos a conseguir el embrujo) resultan ser sólamente los requisitos mínimos indispensables.

De repente los clásicos, con sus brutales simetrías y sus formas geométricas puras, podrían estar mucho más cerca que nosotros de un control intencionado de lo subliminal. Precisamente por no haberse ido formalmente tanto por las ramas. (Y como algún maestro sonreirá leyendo estas líneas yo alzo una copa al cielo para brindar con él).

De repente, quizá (sería triste, verdad?), todo ese grupo de incontenidos tan bien reputados en nuestros días se están dedicando a fondo, admirablemente, pero a cuestiones accesorias, laterales, víctimas de la contemporaneidad, de espaldas a la eternidad y a lo que permanece y es estable y siempre igual. Que aunque a los humanos no nos importe lleva toda la vida estando, está y estará en el mismo sitio. Ajeno a nuestra indiferencia. Pero resulta que venimos de allí. Y no es una cuestión menor el intentar relacionarse con ese lugar.

Y entonces arquitectura ya sólo es para mí, me da igual la forma que tenga, una vez cumplidos sobradamente los requisitos mínimos indispensables, la manera torpe en que los humanos relacionamos nuestras creaciones con ese nivel subliminal de la percepción espacial, en los casos controladamente más acertados.

Hay efectivamente maneras muy bellas de ejercer esta torpeza.

Dirigidos a ellas van mis esfuerzos, a intentar aprender cómo producirlas, a partir de hoy, cuando me dé por luchar con este fantasma.

El éxito más alto lo determina el nivel más bajo que somos capaces de alcanzar, en la escala del fracaso. Como en todas las cosas.

Y qué vivo y alegre, ligero y pesado a la vez me siento, a pesar de todo.

martes, 31 de julio de 2012

Micro-constataciones 03 desde Granada


uno de los infinitos rincones mágicos en la Alhambra

Que la rotundidad del minimalismo del Museo de la Memoria impacta,
encandila su solemnidad en cierta manera, claro que sí.

Pero me quedaría, mil veces antes, si me hicieran elegir,
con la riqueza indescriptible de la Alhambra.

No es sólo embrujo, magia, esfuerzo, detalle, fantasía, significado...
es también una concepción como barroca de la percepción y de la vida en la que me quedaría por mucho más tiempo a vivir. En la que la existencia se me antoja más densa, más pura en su permanente contaminación de color, textura, relieve, juego de luz.

Además hemos saltado un cordel, a escondidas, y hemos accedido a rincones sin turistas, sin focos de luz artificial. Donde sólo se colaba la luz, tras rebotar en decenas de superficies diferentes, que de forma natural debía colarse hace ocho siglos. Y allí nos hemos quedado un buen rato. Sin hablar y sin hacer fotos. Y esto ha sido lo más valioso de la visita.

Campo-Baeza y queridos contemporáneos similares: ya sé que no debemos hacer lo mismo que lo que nos maravilla de lo ya pasado, entre otras razones porque además es imposible. Yo no tendría fuerzas ni músculos conceptuales para llevarlo a cabo. No me convence. Pero vuestra sobriedad tampoco. En ella estáis perdiendo, rechazando, dejando caer o pulimentando algo que todavía no sé expresar, que no entiendo del todo, pero que intuyo como esencial.

Cuando le haya puesto nombre volveré a cargar contra vosotros.

Y si no lo consigo hincaré la rodilla. Y me quitaré el sombrero.

Nos veremos las caras. Lo charlaremos. Será un placer.

Pero que uno no puede seguir siendo el mismo tras visitar con cariño la Alhambra: en eso estaremos de acuerdo.

domingo, 8 de julio de 2012

De lo nunca visto


le resultó insoportable tener una casa normal

Una dolencia muy acusada en nuestros días es la de "lo novedoso".

No ha de confundirse con la de "lo espectacular". Aunque comparten muchos síntomas.

Y las considero dolencias cuando el valor principal de una creación reside en la novedad o espectacularidad de su apariencia. Esa frivolidad por la cual olvidamos lo principal me pone literalmente triste. Genera un ambiente amnióticamente anestésico muy deprimente.

Cuando además esa apariencia novedosa o espectacular hueca condiciona negativamente cuestiones esenciales (como la funcionalidad o el presupuesto) entonces ya estamos hablando de enfermedad grave.

Cuántas críticas enfurecidas escuché dirigidas contra mi tutor de PFC porque ante la incontinencia formal de los estudiantes él proponía, en algunos casos (no en todos), cubos o cajas rectangulares. Cuánta inteligencia derramada por nuestra parte por falta de sensibilidad.

La novedad y/o la espectacularidad pueden ser necesarias o acertadas. Y en ese caso habría que saber producirlas y aplicarlas para responder satisfactoriamente.

Pero como casi todo el mundo sabe, siempre hay "mil proyectos posibles". La opción más novedosa o espectacular formalmente que las revistas malas están esperando sólo es una de las posibilidades.

Yo pediría por favor, a todos los arquitectos, que sólo se decantaran por la novedad y/o la espectacularidad cuando además de responder notablemente a las cuestiones principales consiguieran hacerlo de forma radicalmente mágica.

De lo contrario, de verdad, no es tan malo hacer proyectos normales y correctos en su apariencia. No es tan insoportable. De hecho hoy en día supone casi un acto revolucionario. Estoy seguro de que los usuarios lo agradecen. Un proyecto aparentemente contenido puede albergar dosis tan altas de magia como el que más. Y tal vez ésta sea más pura, menos "de comediante".

Incluso yendo más lejos: creo poder afirmar que los momentos más felices de mi vida se han dado en lugares "normales". Y que probablemente ayudó el hecho de que el espacio no reclamara mi atención, que mis sentidos estuvieran entregados a lo que al fin y al cabo era lo más importante: la vida.

La arquitectura ha de ser una plataforma que la catalice.

En una ciudad tan colorida como Reykjavík, que alguien pinte su casa de fluorescente no resalta demasiado. Apenas supone una anécdota, una pequeña victoria de la sociedad del espectáculo. Pero por suerte esta vez la pintura poco a poco caerá y habrá que repintar, espero que de otro color tras la lenta penitencia que vamos a pagar: en este caso no irá ganando con el tiempo.

Porque el paso del tiempo y el desgaste, si bien ennoblecen los logros, con los fracasos son implacables.


martes, 26 de junio de 2012

De la entrega con el cielo


detalle de remate de cubierta entregando con el cielo de Estocolmo

Pensaste que no era tan importante resolverlo bien hasta el final. Que bastaba con que funcionara constructivamente a la perfección. O lo mejor posible. Que nadie subiría a la cubierta en condiciones normales. O que no había edificios más altos en derredor. Y que con una grava cualquiera ya era suficiente. Que no importaba el color si nunca iba a llegar a verse. "La más barata" dijimos todos. Y con razón.

Pero los dioses lo saben: todos los factores importan. El cielo y el infierno están contenidos en todo a todas las escalas. Y cuando sintonizas la frecuencia secreta de su voz sus consejos y reproches hablan claro y demasiado alto. Ensordecen a menudo nuestras razones y necesidades.

Para transformar, en el seno de tus convicciones, estas nimiedades en factores imprescindibles primero hay que haberse elevado. Más alto que las cubiertas. Aprender a ver lo invisible para apreciar lo que parecía inapreciable. Lo esencial. Que además resulta, generalmente, un poco más caro. Aunque sólo sea por pagar el coste del procesarlo, del pensarlo, porque no es inmediato.

"¡Pero es que entonces no tocas de pies en el suelo con la realidad!" dicen algunos. Y dicen bien.

Efectivamente nos encontramos ante un dilema: el que conecta lo humano con lo que está por encima.

sábado, 16 de junio de 2012

Del irrenunciable embrujo


pasadizo embrujado en Bruselas


Ante la pregunta "¿qué valoras como irrenunciable en arquitectura?", y como para responder hay que mojarse, mi respuesta es "el embrujo".

Embrujo: fascinación, atracción misteriosa u oculta.

Para mí es irrenunciable. Se ha de producir. De hecho cuando no se produce no se trata, en mi opinión, de arquitectura. Por muy excelente que sea la factura técnica, útil para la sociedad o potente el discurso proyectual.

El embrujo se da en construcciones que son exquisitas desde muchos puntos de vista, cierto es. La llamada "arquitectura en mayúsculas" quizá.
Pero se da también en ideas transmitidas con palabras,
en bocetos preciosamente imprecisos,
en intenciones contenidas como potencial en planos técnicos,
en el diálogo entre el arquitecto y el carpintero,
en el habitante apropiándose del espacio,
o el espacio apropiándose del habitante...
y también en obras a medio acabar,
en buhardillas con goteras,
o en el recuerdo de espacios que fueron gloriosos, aunque ya no lo sean.

El embrujo se da en muchos lugares que nada tienen que ver con la arquitectura. Pero al mismo tiempo es requisito imprescindible para ésta.

El embrujo se da, muchas veces, al margen de la intención humana. Pero yo considero arquitectos a los humanos que son capaces de controlar, en la medida de lo posible, su aparición.

Argumentos racionales o irracionales, concretos, abstractos, históricos, contemporáneos, individuales, sociales, funcionales, técnicos, teóricos... cada uno es libre de combinarlos como mejor quiera y pueda. A eso nos dedicamos los arquitectos. Cualquier combinación podría ser, a priori, válida. Pero para mí sólo desemboca en arquitectura cuando logra consenso entre seres sensibles de que allí se produce efectivamente esa fascinación, atracción misteriosa y oculta que llamamos embrujo.


martes, 12 de junio de 2012

Propuesta sensorial 01

Para quitarse el día de encima. Para salir, por un momento, del cuerpo. Para reiniciar. Para sentir parte de lo importante. O para valorar lo que no se ve:

ducharse completamente a oscuras.

lunes, 4 de junio de 2012

De humanizar profundamente la normativa


apurando lo esencial en Austurvöllur, Reykjavík


Hay una residencia de ancianos en Reykjavík, a la orilla del mar, con unas vistas privilegiadas.

En el solar que la separa del Altlántico ya están en marcha los cimientos de un edificio que tendrá cuatro plantas y tapará por completo las vistas de todas las habitaciones de la residencia.

Cuando te quedan pocas cosas y poco tiempo en la vida, y si no estás sufriendo demasiado, intuyo que unas vistas como estas se convierten en aliadas, compañeras del viaje, hasta el final. Que las miras con un cariño metafísico. Dialogas con ellas. Las saludas y despides cada día quizá envidiando lo que comparado con tu fugacidad parece eterno.

Una humanización profunda de la normativa en arquitectura es casi tan esencial como la iluminación, la ventilación, el suministro de agua o la evacuación de los residuos. Pero tardará mucho más en llegar.

Yo digo, literal y radicalmente, que no puede ser. Que las normas no deberían permitir algo así. Que delante de una residencia para ancianos cuyas habitaciones miran al mar y a una montaña mágica no se puede construir absolutamente nada que estorbe.

"Qué lócura, cómo vamos a tener eso en cuenta..."
"Así no funcionan las cosas..."
"No se pueden atender este tipo de cuestiones..."
"Tú lo que pides es otra sociedad... una nueva constitución política..."
...dirán los que redactan las normativas y sus correligionarios.

Ya...

Yo querría verles, veros, verme... apurando los días de la vida y los rayos del sol.

Y bolígrafo en mano, tembloroso el pulso, tener que firmar
si aceptamos o rechazamos la medida.



viernes, 1 de junio de 2012

Lección inesperada 04: concierto de Yann Tiersen



Anoche hubo un momento en que se apagaron todos los focos menos uno. Todos los componentes del grupo se bajaron del escenario menos uno, Yann Tiersen, que solo y furioso tocó "Sur le fil".

Sufriendo y disfrutando a la vez, como el arco del violín, pensaba que la arquitectura podrá tener muchas cosas, pero que nunca podrá generar nada tan desgarrador, literal, músculo deshilachándose, cuerda vocal consumiéndose... como el sonido que emana de ese arco que se va destrozando.

Sufría porque son muchos años (muchos más que la carrera) para conseguir ser arquitecto. Pero ni en el mejor de los casos puede la arquitectura expresarse en el modo tan directo, personal, individual y arrebatador que lo hace la música.
Disfrutaba porque los arquitectos están para otras cosas. También útiles y válidas. Probablemente más necesarias. Tampoco puede la música competir con cosas como la omnipresencia física de la arquitectura. Y estar conforme con que "tenerlo todo es imposible" ciertamente me reconforta, me permite concentrarme y trabajar en lo que tengo entre manos.

Cuando acabó el concierto estuvimos cinco minutos aplaudiendo hasta que volvieron a salir.
Además de dar las gracias, Yann Tiersen cogió el micrófono para decir que desde el backstage había visto que el Sol aún no se había puesto, eran casi las 12 de la noche, y le parecía alucinante. Que ojalá en París fuera igual que en Reykjavík. Pero no puedes tenerlo todo, Yann. Y estoy seguro de que tú también has aprendido a vivir con ello.

Porque el talento y sus manifestaciones nacen, en gran parte, de limitaciones esenciales.


miércoles, 23 de mayo de 2012

Pequeño detalle importante 01: encimera

Hay muchas pequeñas cosas que pueden fallar. El que habita los espacios ha de tener, en mi opinión, una cierta tolerancia. Pero si son demasiadas o demasiado importantes pueden llegar a destrozar la experiencia espacial.

Son cosas que aisladas, a corto plazo, podrían parecer un problema menor. Que a medio plazo generan una especie de hastío muchas veces subliminal. Y que a largo plazo pueden acabar definiendo la "mala arquitectura".

En esta nueva sección voy a intentar ir registrando las que considero que no son sólo manías personales mías (que tengo bastantes). Comienzan entonces los "Pequeños detalles importantes".




No puede ser que la encimera no sobresalga unos centímetros respecto a los muebles inferiores de la cocina, para recoger los restos con comodidad. O eso o una solución mejor. Pero este proceso ha de ser lo más fácil posible. No hay espacio para la fantasía si equivale a inmundicia.


viernes, 11 de mayo de 2012

Videoecotopología 01: "Mis cosas sin mí"

De la presencia intimidante que tienen las cosas, potenciada especialmente cuando el que las posee no está presente. Más todavía si se ha marchado y no va a volver. Sublimada si la partida fue repentina y la orfandad sobrevino sin avisar. Del momento en que alguien, un ser querido probablemente, ha de enfrentarse a todas ellas. De cómo tratarlas entonces.

Porque las cosas contienen significados que sólo se liberan en situaciones concretas. Y la muerte, incontestablemente, es una de ellas. Probablemente la más intensa.













Título descendiente de película bonita. Texto reciclado, escrito hace tiempo. Música maravillosa (aunque prometo estar un año sin referenciarlos, ya está bien de mito).

Nueva sección, por tanto, inaugurada: la "videoecotopología".






miércoles, 9 de mayo de 2012

Lección inesperada 03: Adobe Premiere


Es tan importante para un video su manera de empezar y acabar... condiciona tanto lo percepción de lo que sucede entre medio... que no podría ser menos importante la forma de llegar y la forma de marcharse de un edificio. No me refiero a la entrada y la salida, sino a lo que va antes y después, respectivamente, de esos dos umbrales.
No la puerta ni el portal de casa, sino el jardín que se recorre o no antes de llegar a ellos. No el "clac" de la puerta al salir ni las vistas mientras esperamos el ascensor, sino la zona imprecisa de la calle en que al marcharnos todavía no podríamos afirmar haber abandonado los dominios del influjo de nuestra casa. Aunque llueva y nos mojemos.

Se me ha hecho muy evidente el tremendo efecto de este factor mientras editaba un video para (por cierto) la nueva sección que estreno en el blog este fin de semana: la videoecotopología.

Nos vemos el sábado pues.

martes, 1 de mayo de 2012

De lo mayúsculo y lo necesario


arquitectura necesaria para secar pescado, en Isafjordur


La arquitectura necesaria y la arquitectura en mayúsculas no sean quizá del todo incompatibles. Pero es importante precisar que una cosa y la otra tienen poco que ver.
La fusión de ambas se puede estudiar, aunque ni exista ni proceda buscarla con el fin de encontrarla. Pero ha de ser estudiada porque del fracaso inherente nacen conclusiones (y espacialidades) valiosísimas.

La primera diferencia es que la arquitectura necesaria, como indica su nombre, es imprescindible. A diferencia de la arquitectura en mayúsculas que en términos de supervivencia fisiológica es perfectamente innecesaria.

Otra diferencia es que la arquitectura en mayúsculas no puede permitirse el lujo de que una cuestión de necesidad o derechos humanos decida por ella los materiales, las formas o la distribución de los espacios. Porque su lugar es un incómodo océano abismal de inmensidad, abundancia y libertad. Como el que precedió al levantamiento de las pirámides de Egipto.

Pero resulta que muchos arquitectos contemporáneos están demasiado ocupados (con "lo necesario" en los mejores casos, con lo superficial y gratuito muchas más veces) como para dedicarse a entender lo mayúsculo.

Esto sólo es la teoría. En la práctica lo primero es tener pan para comer, y después cada uno hace lo que puede. Y por tanto las cosas son distintas y más complejas. Pero es que la práctica ya es, en sí misma, una necesidad. Y en condiciones de necesidad, casi siempre, lo mayúsculo está vetado.

Los nuestros parecen, efectivamente, tiempos de veda.
No tengo nada que objetar.
Pero tampoco pretenderé, porque me hayan tocado estos tiempos, hacer creer a nadie que "lo necesario" y "lo mayúsculo" pueden ser lo mismo. Aunque esté cada vez más de moda.

Con ello nuestra generación, cuando lo confunde, estaría evidenciando el no haber entendido nada de lo que dicen los maestros. Que, aunque cambie en materialidad y espacialidad, siempre es lo mismo. Porque ya tocaron el cielo. E intentar rebatirlo desde el suelo y el barro, aunque podría llegar a parecer un nuevo paradigma: lo social, lo participativo, lo democrático, lo necesario... se trataría simplemente de una pataleta.

Y los maestros, que son sabios y pacientes, desde su olimpo miran, callan y esperan a que pase el hambre.

jueves, 19 de abril de 2012

Lección inesperada 02: la llegada de los pájaros





Sospecho que la belleza de un acto solidario y la que puede provenir de otro puramente egoísta son dos sentimientos totalmente diferentes. Con síntomas comunes. Pero tan diferentes como un infarto y una puñalada en el corazón, que colapsan el mismo órgano, aunque no tienen nada que ver.

Sin embargo esta canción parece contradecirme. Me funde y alía con todo lo demás. Como si lo único que existiera fuera una gran singularidad.

Si la escucho (insisto, muy fuerte de volumen) me resulta imposible no cerrar los ojos. Emocionarme interna y egoistamente. Cerrar las ventanas y que a nadie se le ocurra molestarme. Algo útil para mí. Pero me resulta inevitable también que al mismo tiempo me invada un lúcido y noble optimismo. Abrir de nuevo las ventanas, salir al mundo, y hacer algo útil también para los demás.

No sé desde dónde vienen volando estos sentimientos. Pero llegan juntos.

Y me inspiran que muchas otras cosas podrían venir así. Y en bandada.

Que haberlo sentido, e intentar entenderlo, es el primer paso para aspirar a producir algo parecido. Como si los dioses nos dejaran, por un rato, mover los hilos que controlan nuestras propias vísceras para auto-emocionarnos y auto-impulsarnos a la vez. Aleación de lo elevado y lo necesario.
¿Será posible en arquitectura? ¿Y de qué diablos estoy hablando: forma, material, concepto, actitud...?

No sé cómo. Ni tampoco sé cómo vencer las ganas de cerrar las ventanas para siempre, cuando cada vez que salgo al mundo la masa me decepciona. Me emociona primero, muy hondo. Y me decepciona después, profundamente también. Y salgo corriendo, de vuelta a casa. A cerrarlo todo. A cerrarme a todos.

Aspirar solamente a cambiar los cuatro electrones que orbitan a mi alrededor. Pero hacerlo muy bien. Y que estos cuatro se encarguen de hacer lo mismo con lo que sea que orbite a su alrededor. Que aspiren a ser núcleo, algún día. Conjura lenta e improbable, pero fuertemente enlazada.

Sólo cositas como esta canción me hacen dudar.
Ya veremos.

La intermitente luz del Sol aviva la duda. Al tiempo que al refugio permanente de mis sombras se confirma la sospecha.


domingo, 15 de abril de 2012

De las campanas ocupando espacio público sonoro


generador de sonidos públicos Hallgrímskirkja, en Reykjavík


Durante un viaje a Siria en 2009 quedé totalmente fascinado, sobre todo en Damasco por la intensidad, con que la ciudad metamorfoseara cinco veces al día, coincidiendo con los rezos musulmanes (que ya de por sí pueden ser de una belleza brutal e hipnótica).
Todo empezaba a pararse hasta que se paraba casi por completo. Diez o quince minutos de inquietante tranquilidad. Y entonces, según iban acabando de rezar los que habían empezado primero (había ligeros desfases entre ellos), todo empezaba a recuperar su bullicioso ritmo poco a poco, hasta recuperarlo completamente.
En una ocasión fui a un locutorio para comprar una tarjeta de teléfono. Coincidí sin saberlo con el momento en que el tendero rezaba, arrodillado en medio del establecimiento, orientado hacia una dirección aleatoria para mí. Totalmente justificada en cambio para él, que miraba a la Meca. Y todo esto yo lo observaba desde fuera a través del cristal, porque la puerta estaba cerrada con llave. No la abrió para mí. Ni tan sólo me miró. Únicamente pude comprar la tarjeta de teléfono cuando él hubo acabado el rezo.
Pero lo más impactante y onírico era de madrugada, cuando sonidos de rezos procedentes de megáfonos de minaretes de diferentes mezquitas entraban desfasados entre sí por la ventana del albergue, que estababa abierta de par en par (y el ventilador de techo encendido), porque el calor era insoportable. Eso, los olores a especias que impregnaban todo y la omnipresente luz de neón que también llegaba hasta mi cama, es lo que más recuerdo. Una experiencia sensorial muy completa.
En estos momentos la dictadura que daba soporte a todo ese precioso embrujo está masacrando a su pueblo. Y como en Libia o Egipto la salida a la crisis será quizá menos autoritaria o sangrienta, pero de un grado de fanatismo elevadísimo también. Así que no seré yo quien los defienda. Pero por lo menos, aunque al servicio de una religión (y por tanto una mentira), su estrategia era compacta y creíble para ellos. Se leía también en las calles y los rostros de la gente. Era toda una sociedad aunada en un delirio, pero unida.


Lo que pasa en España con la Iglesia y las iglesias, a día de hoy, es diferente. Hemos superado su fase más oscura y sangrienta. Pero todavía nos queda mucho que lidiar con los problemas derivados de su fase de decadencia como "maquinaria generadora de sentido" de nuestra sociedad.

Leí hace tiempo que "el olvido es un arma esencial para los gobiernos". Y desde entonces no se me ha olvidado.

Retirar las estatuas de Franco de los espacios públicos, a día de hoy, me da escalofríos. ¿Acaso pretendemos olvidarlo? Pienso que sería mucho mejor, por ejemplo, pintarlas todas de rosa. O cualquier otra acción que las critique, las convierta en otra cosa. Y no permita que las olvidemos.
Pero retirarlas es el primer gran paso para olvidarlas.

Con esto quiero decir que considero positivo conservar las repercusiones de nuestra historia y nuestra cultura en la ciudad. O por lo menos referencias a ellas. En un grado razonable. Sin ser ingenuos, porque no pueden explicarlo todo, perderán sentido, y no pueden sustituir la lectura u otras formas de aprehender la historia. Pero el limbo identitario de la tabla rasa es el líquido amniótico perfecto para el eterno retorno de la estupidez humana.

Además es especialmente importante recordar la historia cuando ha sido negativa.
Olvidamos fácilmente. Aunque lo bueno, si se repite, es bienvenido.
Lo malo en cambio, al repetirse, se convierte en peor. Por lo triste que resulta el no aprender de los errores, más aún cuando cuestan vidas.

Y aunque haya que ser duro, también parece inteligente ser pacientes y tolerantes con los sistemas que se descomponen, porque así mueren sin retorcerse. Y esto genera menos rencor.

Pero no sólo como volúmenes físicos (estatuas, edificios, plazas...) se registra la historia y la cultura en el entorno físico.

La cuestionable creciente supremacía del sentido de la vista en nuestra experiencia vital, el hábito de su inmediatez, nos hacen olvidar a menudo que el espacio físico está inundado también de sonidos, olores, texturas, temperaturas... que participan, aunque quizá de una forma más subliminal, también profundamente a la hora de generar nuestra impresión del mundo.

Tras las imágenes, los sonidos quizá sean la fuente más importante de información que recibimos del exterior. Por cantidad, por su amplio radio de acción, porque se solapan fácil y constantemente entre ellos...
Y por tanto, si no ejercemos ningún tipo de control, corremos riesgos que van de lo insignificante a lo terrible, pasando por lo anecdótico.

En cuanto a la intensidad del sonido ya existen regulaciones basadas en la sensibilidad media del oído humano que, aunque todo es mejorable, a grandes rasgos funcionan. Así como las franjas horarias en las que pueden o no producirse.
En cuanto al contenido literal del mensaje las regulaciones imagino que son paralelas a las de cualquier otra forma de expresión.
Y dejando muchas cosas de camino, porque no pretendo hacer una tesis del "derecho sonoro", quiero llegar a una cuestión a la que pienso que no se le dedica la atención que merece. Quizá, simplemente, porque estamos demasiado acostumbrados. Pero desde que empecé a planteármelo cada vez me doy más cuenta de cómo su tufo entra por la ventana e invade impunemente nuestra intimidad con descaro.

Reduciendo la cuestión a España para poderla abarcar: la Iglesia se ha encargado durante siglos, entre otras cosas, de ir plantando una red de campanarios estratégicamente situados. Cuyas campanas no se olvidan de repicar, nunca mejor dicho, religiosamente. Todos los días.

Imagina que pudieras ver todo el país a vista de pájaro, y que pudieras escuchar a tiempo real todas las campanas que suenan a la vez, decenas en cada ciudad, una como mínimo por pueblo. Todas a las 12:00, un domingo cualquiera. La imagen a mí me sobrecoge. Sobre todo porque cada vez va menos gente a las iglesias, pero se nos sigue fumigando a diario.

Podría parecer que no es tan grave, pero a mi me resulta escandaloso y desproporcionado. Campanas sonando cada día de tu vida...
Si no eres creyente, y te acostumbras, ese sonido acaba convirtiéndose en un fantasma que no se marcha nunca. Un holograma permanente que no mereces. Y nadie tiene derecho a imponer algo así.
Sin embargo la intensidad sonora de ese fantasma y su frecuencia a lo largo del día son más elevadas que las de cualquier otra manifestación cultural.

Como las estatuas de Franco no creo que fuera acertado suprimirlo de golpe. Ni aunque no existiera ya nadie que creyera en ellas. No sólo ha de ser progresivo sino que además probablemente no debería nunca desaparecer del todo. Tan sólo ha de llegar el difuso momento en que se produce un cambio de sentido, y la sociedad lo acepta con naturalidad.

Apartadas ocupaciones naturales del espacio público sonoro (sonidos de animales, viento, agua corriendo o goteando...) y las que pueden resultar molestas pero son inevitables para dar servicios imprescindibles a una inmensa mayoría de los ciudadadanos (sirenas de ambulancia, el ruido del tráfico...), al considerar ocupaciones de espacio público sonoro que forman parte del ámbito de lo cultural encontramos muchas actividades que se manifiestan repetidamente. Son actualmente los sonidos propios de la vida de las sociedades de masas: los alrededores de un estadio rugiendo los días de partido, los macro-conciertos que en ocasiones se oyen a kilómetros de distancia... pero ninguno forma parte de una maraña tan densa, precisa y premeditada como lo son las iglesias. Porque representan diferentes equipos, diferentes deportes, diferentes grupos o estilos musicales... pero las campanas de las iglesias suenan todas con el mismo pretexto, defendiendo la misma mentira, coordinadas para un mismo fin. Y me parece más terrible cuanto menos acompañadas las veo de la sociedad, que ya hemos elegido nuestras nuevas mentiras. Y lo demostramos claramente acudiendo en masa a los templos contemporáneos que son los centros comerciales.

Por eso me parece razonable aspirar a una reducción progresiva de ondas sonoras generadas por campanas de iglesias: porque resulta evidente la progresiva convicción de que esas ondas, lo que representan, es a una secta.

Y ahora ya tenemos otra creencia: la del consumo.

¿Para qué nos iban a hacer falta el sufrimiento, la escasez y la sumisión
si ahora tenemos el ocio, la opulencia y la soberbia?



sábado, 14 de abril de 2012

Micro-constatación 01

Con esta entrada arranca una nueva sección: las "Micro-constataciones". 

Que un solo color puede ser más que suficiente.


lunes, 9 de abril de 2012

De la bajeza y decadencia infladas de Eurovegas


decadencia en perfecto estado: Las Vegas

Me llegó el otro día un email de esos en cadena, de los que vienen azucarados y tan diluídos por la forma que rara vez les dedico algo de mi tiempo.
No es que no contengan mensajes bellos, útiles o valiosos. Pero demasiadas distracciones suelen acompañarlos. Y si estamos de acuerdo en que la vida es corta, generalmente considero la densidad y la intensidad valores añadidos.

El asunto del email en cuestión era "FW: Rm: LO QUE NO ME MATA ME HACE MÁS FUERTE". Lo abrí sólo por simpatía con el maestro. Por ver cómo se había simplificado, descafeinado y por tanto pervertido su mensaje. Y efectivamente hacía referencia a cuestiones menores y superficiales.

Pero no puede negarse que el mensaje en sí mismo es una lección muy valiosa. Y aunque haya sido minimizado ha conseguido llegar a las masas en forma de refrán popular pegadizo que abandera latigazos de amor propio. Con el carácter de montones de hormiguitas que increiblemente se recomponen y reincorporan a la lucha tras ser chafadas.

Al mismo tiempo que implica renunciar en parte a su potencial total, es interesante que pueda utilizarse en diferentes grados de profundidad. Desde un niñato egoísta y autocomplaciente hasta el ser más lúcido y sensible. Se puede aplicar sin perder su validez. Cada uno a su escala puede utilizarlo.
Me parece mejor esto, en cualquier caso, que conservarlo en estado puro exclusivamente para una élite. Porque la élite lo es. Y lo elevado existe. Pero somos muchos en el planeta. Ser realista puede ser tan bello como ser idealista. Las cosas no son fáciles. Y cualquier ayuda es bienvenida.

Es la enésima aportación que los arquitectos pueden ofrecer a la sociedad: el empapar (o quizá mejor humedecer cuidadosamente) el espacio físico con valores o conceptos elevados. Para que de alguna manera acaben siendo absorbidos e interiorizados por los individuos que los habitan, a través de la cultura popular en última instancia. Lo cual se produce de una forma u otra. Y la élite del pensamiento no ha de preocuparse, siempre serán algo exclusivo por definición.

No se trata de que la belleza lo transmita todo. Porque esa es una fórmula excesivamente imprecisa.
Hay que explicarlo en las escuelas de arquitectura. Escribirlo en las memorias de los proyectos. Un trabajo no pagado. Los arquitectos de la administración deberían entender de todo esto. Repartirlo por todos los sitios. Lo cual no quiere decir hacerlo en exceso ni banalizarlo.

Y aunque sea una lástima que esos conceptos o valores elevados se diluyan y lleguen reducidos, aunque no pueda garantizarse el éxito, es mucho peor cuando sucede todo lo contrario: conceptos o valores bajos y decadentes de partida.

¿Qué pueden transmitirle a un individuo o a una sociedad proyectos como Eurovegas si su esencia pudiera ser transferida sin pérdidas? Pero si además esa esencia, como pasa con todo lo demás, se diluye. Y el dorado se descascarilla. El blanco amarillea. El plástico pierde color. Los falsos techos de hotel se desencajan. Y el cartón-piedra se agrieta. ¿No es acaso el colmo de la decadencia, inflada con la excusa de que reportará una riqueza exclusivamente material en el mejor de los casos?

¿Cómo podría un humano, embebido en toda esa mierda, afirmar que es feliz de forma creíble?

Esto me lleva a otra pregunta. ¿Todo se trata, entonces, de "ser feliz"?

Y me respondo "No. Todo se trata de ser creíble". Ser creíble para uno mismo.

Cuando la arquitectura es creíble para ella misma gran parte del trabajo está hecho.

Cuando en vez de humanos las decisiones las toman cerdos hay poco lugar para la arquitectura, la felicidad y la credibilidad.

Por desgracia darnos cuenta suele llevarnos demasiado tiempo.
Se nos recordará por este tipo de atrocidades. Se reirán de nosotros y nos criticarán. Pero lo peor habrá sido la decadente atmósfera en la que tuvieron que vivir y respirar los humanos involucrados. Sólo tenían una vida y la pasaron envueltos de mierda.

Aunque intenten aparentar lo contrario o esconder su fracaso los espejismos siempre acaban rotos en el suelo, como cristales apedreados por la verdad. Pero eso no evita el daño que habrá causado, para entonces, su presencia.

jueves, 29 de marzo de 2012

De qué (y cómo) indicar literalmente en los edificios


guapa y radiante a su edad, en Vitastígur, Reykjavík

Seguro que hay casos actuales, aunque ahora no me venga ninguno a la cabeza (os agradecería si sabéis de alguno y me lo decís). Pero en general ya no se muestra, en la fachada, el año en que se construyeron los edificios.

Puede que ya no tenga sentido. Menos cuanto más efímera sea la arquitectura, algo que en sí mismo no está bien ni mal. Pero alguien podría pensar que estamos indicando, sin quererlo, que en nuestras masificadas ciudades construimos con menos mimo. Y que no nos planteamos el sentido que pueden llegar a tener, pasado el tiempo, algunas cosas que inicialmente podrían parecer gratuitas o incluso ridículas. Ni lo gratuito y ridículo que supone el que las cosas, a la larga, no encuentren un sentido que las apuntale.

Dejadme encadenar una serie de reflexiones para intentar alcanzar una conclusión precisa al respecto.

Primero de todo: me gusta, me hace sonreir que en el año 2012 el edificio de la foto indique en su fachada que fue construido 110 años antes.
Yo paso por delante con un teléfono en el bolsillo que puede ser localizado vía satélite. Pero cuando se construyó el edificio todavía no se había realizado el primer vuelo a motor. Y sin embargo allí están, desde entonces, esas maderas y esas formas que lo indican. Pensadas y elaboradas con un cariño evidente por alguien que ahora mismo ya es polvo de estrellas.
Con estas cosas a veces me parece condensar e intuir puntualmente, de forma absoluta, lo que significa el progreso. La nube de vida y muerte que genera a su paso. Y si mi estado de ánimo es compatible esto consigue, habitualmente, emocionarme de forma fugaz pero certera.

El tiempo es tan básico en arquitectura como la luz. Señalar con sutileza algo que le haga referencia es una apuesta ganadora. Son indicaciones de carácter evocador, incluso poético. No necesarias. Las hay mucho más originales y mucho menos predecibles que el año de construcción. Pero en cualquier caso aportan algo positivo al conjunto.

Antes de éstas están, obviamente, las indicaciones útiles y necesarias:
- Hospitales, farmacias, centros de salud,... que señalan lo que son y/o el nombre, o un símbolo que los representa.
- Las letras que indican la universidad, facultad, escuela... Que además muchas veces tienen capacidad de despertar nostalgia adridulce.
- Los hoteles que se limitan a decir "Hotel". Aunque inmersos en la sociedad de la publicidad y el consumo esto suele degenerar.
- El bar que pone "Bar".
- ...

También están las indicaciones a caballo entre la utilidad y el valor simbólico profundo (esto acostumbra a significar "religioso"): un cementerio, una iglesia, una mezquita.

Y la puerta permanece abierta para imaginar nuevos sentidos: recuerdo un proyecto (que no he conseguido encontrar) para la fachada del Centro Pompidou que con leds o algo similar indicaba, a escala de plaza urbana, el grado de ocupación del edificio. Aunque no tengo en mente una imagen de la propuesta el concepto me parece interesante.

Pero hay que tener cuidado para no perder el criterio, ni el sentido común, ni el don de la sutileza.

Por ejemplo el termómetro de Portal de l`Àngel en Barcelona es de un mal gusto extraordinario. Ofrecer la temperatura con precisión atómica no sería suficiente para justificar todos los recursos invertidos en él. Pero además es tan feo que me cuesta creer que funciona con precisión. Aunque todo puede ser. Le concedo el beneficio de la duda.

Otro caso de muerte por exceso: la señaléctica mal entendida, pervertida, banalizada.
Hay un tamaño, para las letras que indican la plaza de párking o el piso en el que estamos*, que una vez rebasado a mí me hace sentir como si me trataran de tonto. Y ante la sospecha de que no lo soy me produce una sensación de surrealismo ligero que preferiría evitar.
Y en esta línea pero con morro: ¿hace falta que la Sapey nos bombardee con su frivolidad sólo porque la reviste de funcionalidad coloreada?
Por suerte dudo que alguna vez en mi vida vaya a pagar por hospedarme en ese hotel, experiencia sensorial interesante, sin duda. Pero cementerio de valores también.

Así que vuelvo a mis cosas pequeñas y mundanas. Cargadas de sentidos otros. Donde siento que la vida me vale mucho más la pena. Lejos del tufo del espectáculo.

Intentando condensar toda la entrada de hoy en un párrafo: lo único que deberían indicar los edificios de forma permanente, literal y mínima es lo estrictamente útil. O cualquier otra cosa de cualquier otro modo. Pero a condición de que con el tiempo no vaya perdiendo sentido más allá de las modas. O que lo vaya cobrando poco a poco como lo hace, por ejemplo, la fecha de construcción: de forma lenta, pero implacable.






* Quiero precisar que haber referenciado el proyecto de "Somos arquitectos" (Burriel+Lewicki+Tallon) se debe a que es lo primero que sale en google al buscar "señaléctica rellano". Pero sobre todo a que explica perfectamente a lo que me refiero en ese párrafo. Y me reafirmo en que me parece excesivo el tamaño de los números y negativo lo que generan a su alrededor. 
Pero si creo que es justo añadir esta observación es porque mi crítica negativa va dirigida muy concretamente a su señaléctica en los rellanos de Vallecas 5l, en absoluto a su obra en general, la cual me he visto obligado a consultar a grandes rasgos para poder permitirme la crítica puntual. Y me ha parecido mucho más acertada.

martes, 20 de marzo de 2012

Lección inesperada 01: "Melancholia"

Con esta entrada comienzo una nueva sección en el blog: las "Lecciones inesperadas".

Son lecciones de arquitectura (o de parte de ésta) que me cogieron por sorpresa. Encontradas donde parecía que no debía haberlas.

Las separo de las entradas habituales porque son razonamientos que han partido exclusivamente de algo muy concreto: una película, una canción, una persona, una prenda de ropa... y me interesa remarcar esas fuentes que los generaron. Que son muchas. Y están por todo.

Aquí va la primera:


La parte inicial, el argumento, la música, los silencios, los actores, la fotografía... da igual.

Después de ver "Melancholia" (las pasadas navidades) se me quedó un cuerpo muy extraño. Me costó reconocerme de nuevo. Y es difícil de explicar. Pero recuerdo que todo mi estar en el mundo me parecía otra cosa. Nada que ver con la evidente reflexión en torno a la muerte que plantea al argumento.
Es algo más allá. Mucho más irracional. Como si alguien jugara a toquetear mis entrañas, mientras nos miramos a los ojos. Y se generaran sentimientos nuevos, profundísimos, inconexos. De una variedad aleatoria.

Todavía hoy me dura la sensación cuando pienso en la película. O cuando escucho la música. Ése es para mí su mayor logro: el hechizo total de su atmósfera. Por eso me parece una película brutal. Logra cosas con las que muchos edificios soñarían.

Que el arquitecto lo consiga como quiera. Como pueda. Pero su tarea es proponer espacios físicos que promuevan (siendo realista, sólo en ciertos momentos) un embrujo por lo menos igual de efectivo. De una forma controlada, dominada.

Lo demás es construcción. O suerte.




jueves, 15 de marzo de 2012

De a quién pertenecen las ideas


despojado de mérito, liberado de culpa, en Ásbyrgi

Esta entrada, sin ir más lejos. Se ha tejido a sí misma. Yo sólo he puesto las manos, las herramientas. Y algo de trabajo. Pero ella es la que me ha utilizado para componerse. Y una vez lanzada al exterior (de vuelta a sus orígenes) ya no es de nadie.

Hablar de la intuición, de la inspiración, dirigiendo la mirada al vacío inaccesible del espacio que hay detrás del cielo. Porque es la dirección que nos permite mirar más directamente a infinitas dimensiones ocultas, sin cruzarnos con ninguna torpe referencia humana.


Sucede cuando uno ha sentido la inspiración en forma de polvo de estrellas que se posa delicada y silenciosamente, o en forma de cuchillos que le asaltan y se le incrustan sin previo aviso, provenientes de otras dimensiones en ambos casos. Mientras se trabaja, duerme o desayuna (probablemente en las dos últimas uno ha de haber trabajado duro el día anterior).

En la convicción de que las ideas, efectivamente, se incuban.

El determinismo radical ya nos despoja de todo mérito. Y nos libera de toda culpa. Nos desnuda para recibir los latigazos de la pérdida o para sentir la brisa del devenir.

Pero la certeza de que las ideas no nos pertenecen, aunque las representemos, nos regala además el celebrarlas vengan de donde vengan. De uno mismo o del enemigo. Con la misma intensidad.

Mirar al suelo. Sonreír sepultado de humildad.

Sentir clavado en el cerebro
que se equivoca, 
profundamente, 
cualquier humano 
al que se le ocurra insinuar
que sus ideas le pertenecen.


lunes, 12 de marzo de 2012

Del sentido de los micro-rituales agnósticos


autoencargo de ampliación de una mesa

Probablemente sea cierto: la arquitectura va del tirador a la ciudad. Pero trabajar en las escalas más próximas al tamaño del cuerpo humano a mí me fascina de una forma especial. Por eso siempre me han interesado los muebles que los arquitectos se hacen para sí mismos.

(Erwin Broner es un ejemplo emocionante, y normalmente desconocido fuera de Ibiza. Si tenéis la oportunidad de visitar la Casa Broner, reciente y satisfactoriamente rehabilitada, no perdáis la ocasión de abrir los muebles del estudio semienterrado. Son un universo propio formado por cajoncitos y dobles bisagras donde seguro que guardar y sacar cosas le aportaba a Erwin y Gisela pequeñas dosis de felicidad diaria.)

En este caso un autoencargo proyectado y ejecutado el fin de semana pasado me regaló un razonamiento emergido de la práctica pura, de entre los tornillos y el olor a serrín.

El autoencargo era simple:
- ampliar la superficie de la mesa lo mínimo para cumplir una función muy específica (94x22 centímetros).
- que la nueva superficie esté entre 10 y 15 centímetros por debajo del tablero horizontal de la mesa.
- que soporte un máximo de 5 kilos de peso.
- que se pueda sacar y volver a esconder fácilmente, pues habrá que hacerlo casi a diario.
- que la solución, una vez construída, no precise de ningún elemento externo para ser soportada, abierta o cerrada.

Hice una lista de lo que necesitaba y me fui a comprarlo el sábado por la mañana. De vuelta a casa, andando por la calle, mientras abría y cerraba una de las bisagras en mis manos, pensé que era absurdo no haberse planteado de partida una solución sin bisagras. La clásica bandeja que se extrae horizontalmente. Mucho antes de que hubiera teclados de ordenador. Mucho antes de que hubiera guías metálicas de Ikea. Muebles del siglo XVII ya las tienen. Y probablemente no haya nada más sencillo. Aunque tampoco considero una virtud indiscutible el minimalismo funcional.

Para bien y para mal, analizándolo, me doy cuenta de que ni lo pensé porque al margen de los objetivos básicos (conseguidos en la solución de la fotografía), se me puso entre ceja y ceja, y desde el principio, que allí tenía que haber tres bisagras doradas, ocultas, que generaran un barrido que me hace disfrutar como un niño tonto, aunque no lo pueda explicar. Que al esconder la bandeja la engancharía a la parte inferior del tablero con una cadenita y unas argollas, doradas también. Que algún amanecer de invierno, a las doce de la mañana, cuando el sol entra casi horizontal, esas pequeñas partes doradas crearían reflejos que me gustaría observar desde la cama.
Y todo el proceso junto: desenganchar la cadena, proceder al barrido, anclar la bandeja, utilizarla, desanclarla, esconderla, volver a enganchar la cadena... casi cada día... qué placer de agnóstico ritual. ¿De cuántas cosas como ésta puedo rodearme? ¿Puedo generarlas yo, con mi manos, en los muebles y cositas de mi alrededor? ¿Quedarme en esta nube para siempre?

Volviendo a la tierra, obviamente la vida es demasiado corta como para ritualizarlo todo. Y de hacerlo perdería el sentido. Pero eligiendo bien de entre los actos físicos que repetimos (diariamente, semanalmente, anualmente...) se consigue transformarlos en algo metafísico.
Y entre toda la mierda y el ritmo que nos atropella, de repente algún día de la vida, en mitad de la juventud, uno descubre que es un verdadero placer cuidar periódicamente las carpinterías de madera. Que no importa tardar treinta segundos más en desplegar la bandeja de la mesa, si el proceso es bello y artesanal. Que no quiere que le traigan el café, porque prefiere disfrutar de preparárselo uno mismo.

Y para entonces uno ya no es tan joven.

Pero en ese momento, la verdad, tampoco importa.

Todo está bien así.



sábado, 3 de marzo de 2012

De las combinaciones que absorben lo imperfecto


bar equilibradamente imperfecto en San José, Ibiza

Cada cosa a su aire. Alicatado detrás de la barra del bar, que no va de punta a punta de la pared, y que además se acaba a los tres metros de altura cuando todavía falta casi un metro para llegar al techo. Una señal de "Prohibido fumar" naranja fosforescente. Un cartel de helados (con toda su fantasía). Al lado el sensor de movimiento de la alarma. Debajo un cuadro de contenido probablemente aleatorio que toca marco con marco con una puerta que a su vez está pegada a la pared. En la barra servilleteros con propaganda, la botella de agua de Miquel, aceiteras y vinagreras... Los azulejos de la barra cortados según una diagonal que no obedece a ninguna relación con su módulo. La barra, por cierto, de una altura diferente al mostrador. El suelo manchado y desgastado. Y una papelera (con el logo de la casa de helados) en primer plano, y además de lado.

Podría parecer la descripción de un ambiente desagradable. Y sin embargo nada más lejos de la realidad. Será que el techo, el verde de la pared, la madera del mostrador, la camarera... daba gusto verlos. Pero no es sólo una cuestión de contrapeso. Hay algo más en el conjunto, algo imposible de parametrizar, que acaricia el todo con su mano, lo suaviza y lo comulga.

¿Se pueden alcanzar cotas elevadas en arquitectura proyectando con este tipo de equilibrio informal, malabarismo conceptual, despreocupándose de la vida propia que toman las cosas?

Hay combinaciones mágicas de desorden que consiguen que todo lo que llamaríamos "imperfecto" importe menos. O no importe en absoluto. Lo absorben y modifican el carácter del conjunto. Lo mejoran sin exigir nada a cambio. Convierten en positivo todo lo que a priori "no debería ser", pero que se da inevitablemente en el día a día.

Hay personas que saben hacer lo mismo.

Resulta fácil convivir con ellas. Quizá, incluso, demasiado.

¿Acaso hay que renunciar a la perfección?


lunes, 27 de febrero de 2012

De las contaminaciones positivas


inversión intangible

Ayer me compré dos tiradores, sin que me hicieran ninguna falta. El superior me costó 530 coronas. El inferior 750.

Como si de unas profundas e intrincadas raíces al final sólo asomara un rotundo tallo blanco y cilíndrico a la superfície, el minimalismo tiene un fundamento más interesante, denso y complejo que su aspecto superficial. Pero aún así no lo soporto aplicado a lo que me rodea. Y me ha costado mucho darme cuenta de esto. Llevaba años pensando que me sentía cómodo en él, pero al final parece que no. Y pienso que se debe a la certeza interna de que la pretendida no-pronunciación formal del minimalismo me resulta pretenciosa en última instancia. Tras un largo debate interior. Decantado tal vez por alguna componente pasional.

Prefiero la contaminación positiva de significado que me inoculan ciertas formas. Como prefiero el vino al agua. O el olor de un bizcocho horneándose antes que el de "aire puro".

Pero también me preocupa que el efecto de dos o más contaminaciones positivas resulte molesto a mis sentidos, como un acorde dodecafónico.

Por eso una fórmula intermedia que me funciona es partir (como en el mueble de la foto) de una base bastante neutra para decidir cuidadosamente qué parte quiero cargar con poder de embrujo.

En este caso tenía sentido aplicarlo en los tiradores, pues son lo más característico de la cajonera, antropomórficamente hablando. Y con esto quiero decir que los cajones podrían ser iguales si en vez de dedos tuviéramos ventosas en las manos. Pero en ese caso los tiradores sobrarían y por tanto nunca los habríamos inventado. Es decir: que el tirador hace que los cajones sean un producto pensado para humanos que además de la necesidad de guardar cosas tienen dedos, como yo. Y quizá por eso el tirador sea más capaz de embelesarme de lo que pueden serlo las ruedas o el acabado de las superfícies.

Es muy interesante que el encandilamiento que me producen no vaya ligado necesariamente a la acción de tirar de ellos.

Porque son bellos en sí mismos y porque reaccionan positivamente con el mueble, su presencia, su aspecto, lo que aportan al aura del objeto en global... es capaz de fascinarme sólo con mirarlos. Me paso a veces varios minutos mirándolos, sin darme cuenta. Y ellos tan contentos. Y yo absorto. Y en parte por esto me doy cuenta de que funcionan.

Pero sobretodo no me defraudan a la hora de ejercer su pragmática función principal, cuando a través de ellos abro el cajón para coger un lápiz, y como si lo encontrara embebido en su influjo, al utilizarlo parte de la magia gotea, salpicando afortunadamente el papel. Y al volver a abrir el cajón para dejarlo parece como si en la siguiente acción que voy a llevar a cabo yo fuera el embebido. Y devengo de otra manera. Convertido en otra cosa.

Por eso he invertido 1280 coronas islandesas en magia.


lunes, 20 de febrero de 2012

De materiales habidos y por haber


ventana o máquina de soñar, en Estocolmo


La belleza se compone, en parte, de lo que se imprime en la imaginación. Y probablemente se componga exclusivamente de eso.

La pared, la ventana, y el vidrio especialmente. Su carácter pictórico. 

Me invadió, paseando por Estocolmo, la sensación de que alguien, allí dentro, debía estar leyendo "Crimen y castigo". O escuchando Mahler. Relaciones imprecisas, debidas a mi ignorancia. Pero de una intensidad incuestionable. ¿Consiguen algo tan positivo los edificios que lanzamos al espacio físico hoy en día?

Actualmente los vidrios que se fabrican son más lisos, más transparentes, más aislantes. Y como podemos hacerlos más grandes muchos arquitectos ya no se molestan en subdividirlos. O ni tan solo se les ocurre. Es un ejemplo claro del haber confundido la cantidad (y la claridad) con la calidad. Un proyecto puede necesitar un gran ventanal, sin montantes. Pero es sospechoso que suceda tan a menudo últimamente.

Mientras la tecnología avanza, descerebrada, hacia una lejana perfección (y legiones de arquitectos, descerebrados y normalmente horteras, fracasan al seguirla como religión), los arquitectos de verdad buscan la pátina, el desgaste medido, la imperfección consciente, la irregularidad controlada que quizá oculte algoritmo... en procedimientos total o parcialmente industrializados. Porque ése es el espíritu de nuestra época en lo referente a nuestro campo. E ir en contra es chocar frontalmente contra todo un sistema de cosas, lo cual no es aconsejable, aunque se realiza a diario.

Cuando paso por delante de una ventana de climalit montado en aluminio no suena Mahler, suena música electrónica. Hace frío y huele a droga. No me fío.

Evolucionar no ha de ser únicamente interiorizar una nueva materialidad, o una nueva espacialidad menos analógicas. Se trata de plantear si esa materialidad y espacialidad a las que nos dirigimos nos van a mejorar la vida o si nos van a servir, por lo menos, para mejorar la de los que vengan después.

Soy capaz de imaginar un estado futuro en que la tecnología se hubiera adaptado al cuerpo y al alma. Donde aspirar a la perfección material no fuera pretencioso. Una post-humanidad donde lo metálico, lo plastificado y lo digital le hicieran a uno sentirse como en casa. Pero de momento flotamos en un limbo en el cual aunque ya hemos abandonado la tierra y las raíces, el cielo queda todavía muy lejos. Avanzamos técnicamente a un ritmo mucho más rápido del que necesitaríamos para humanizar lo que generamos. El estado del bienestar hace aguas por muchos sitios.

La música electrónica, como el plástico o el aluminio, todavía no ha sido domesticada. Probablemente llegará, aunque alguna generación habrá de sacrificarse. Pero si avanzamos muy rápido, si intentamos absorber todos los cambios a la misma velocidad que se dan, estaremos siempre en la fase de sacrificio. Y nunca en la de control. Ése es el ritmo de las modas.

Sería mortalmente conservador si dijera que no tengo ganas de sacrificarme, que amo la piedra y la madera por encima de todas las cosas. O la música docta, que todavía no entiendo. Pero por otro lado la funda de silicona de mi teléfono es realmente agradable. Me paso el día acariciándola sin darme cuenta. Tiene algo de piel de animal. Hay por tanto esperanza.

Sin embargo cuidado con los terrenos por explorar. Cuidado con lo que imprimen en la imaginación de los demás nuestras creaciones, porque no coincide con lo que nosotros leemos en ellas. 

Controlar ese desfase es esencial para que uno pueda ganarse el derecho a cambiar. Para que el cambio signifique una evolución real. Y no una revolución fría, frívola e involutiva.

domingo, 12 de febrero de 2012

De cómo medir lo vivido en una casa



casa abandonada, cuando todavía no lo estaba, en Barcelona


Yo para medirlo utilizo, en relación directamente proporcional, el vértigo que siento al cerrar, por última vez, la puerta de la casa que abandono.

Este método no está demostrado científicamente. No es una deducción. Sólo se ha ido posando en mí la certeza, un poquito más cada vez, en cada mudanza. Y ahora, que ya está asentado, lo utilizo cada vez que tengo ocasión.

Te darás cuenta de que es imprescindible prepararse el terreno. Porque si no lo haces, quizá te marches del próximo lugar mientras los nuevos inquilinos entran. O siendo amablemente despedido por el casero, cargando las últimas cajas que faltaban por trasladar. Pero entonces el vértigo no aparecerá. No se dejará. Porque es tímido. Y te quiere a solas.

Tienes que conseguir controlar el ritmo que te conduce a la puerta, la acción de abrirla, cerrarla (ya sin llaves, no hay marcha atrás) y abandonarla lo mejor que puedas

Si hay más gente que vive en la casa, la despedida debe hacerse cuando ellos no estén. O estén dormidos. Quizá de madrugada. Nadie debe acompañarte. Tantas cosas son mejores solo y en la madrugada... 

Y no importa que te marches por una cuestión positiva o negativa, forzada o decidida. Si lo haces bien, el vértigo sucede igual.

Si queréis una explicación técnica aquí la tenéis: dado que el tiempo que vas a tardar es una constante (sólo te marcharás una vez, y eso la definirá) cuantas más cosas vividas y más intensas tengas en la memoria, como casi todas lucharán por aparecer en tu imaginario en esos últimos momentos, se acumularán desesperadamente, amontonándose y superponiéndose unas con otras, formando una montaña que a mayor altura tendrá mayor pendiente, y mayor será la distancia que separa la cumbre (mejores momentos) del abismo (no los peores, sino el hecho inexorable de que la vida pasa y cambia, y te desplaza). Y a mayor velocidad de caída y mayor cantidad de movimiento (porque la masa, por momentos, también se multiplica e incluso puede que te tiemblen las piernas), la sensación de vértigo se dispara. 

Por un momento un obús de lágrimas.

No se me ocurre 
ninguna forma de medir lo vivido 
que no implique 
el marcharse, 
la pérdida, 
pequeña muerte,
cerrar la puerta. 
Oír 
(o aún mejor: escuchar 
y disfrutar) 
su clac.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Estudio de fragmentos 01: mercado temporal Barceló

La planta(1) parece sacada de un aula de escuela de arquitectura, con lo bueno y lo malo que eso puede conllevar.

Quizá es una suerte que el proyecto sólo sea temporal. Pero precisamente por esa condición pasajera aplaudo que los arquitectos no hayan sido nada comedidos geométricamente. Oportunidad bien aprovechada por su parte y en beneficio nuestro también, si queremos aprender de ella.


CLICK en la imagen para AMPLIAR
Mercado temporal Barceló (Madrid, 2009), de Nieto Sobejano Arquitectos


Me lo encontré de repente, paseando por Madrid. No conocía absolutamente nada del proyecto. Me impactó. Me invitó a recorrerlo. Mi primera impresión fue positiva. Mis conclusiones pasado un tiempo también lo son, aunque no tanto ni por los mismo motivos. Es un proyecto valiente. Desprende tanto cariño en su concepción y puesta en obra como luz por las noches(2).

Aunque algo torpe desde el graderío de los edificios que lo rodean(3), la inclinación de las cubiertas va trazando perspectivas muy atractivas cuando nos movemos por la arena del ruedo(4). E imagino que ésa es su razón de ser.

Rayas. Muchas rayas. Y muy sutiles(5). A escalas y en direcciones diferentes, casi siempre armónicas entre sí: las del modulado de policarbonato de fachada, las internas del policarbonato en sí mismo, las de la chapa grecada del forjado colaborante, las de la chapa ondulada del volumen rectangular... Y en el suelo pavimentos continuos. Sucios pero humildes y sinceros. 

El canto del forjado del sinuoso pasillo central(5) simplemente me conmovió. Una suavidad como dactilar(6) que no me esperaba para nada. Algo metálico tan natural como las manzanas, los puerros y el pescado en medio de este homenaje a lo industrial bien entendido estéticamente.

Del interior(7) me arriesgo a decir que me gusta más cuando por encima de los puestos de venta en vez de luz y blanco hay poca luz y tonos oscuros. Entonces me parece como si la atención recayera más en los colores del género y en la vida. Y para eso voy al mercado.

El cómo desde dentro, al ir saliendo, los edificios de alrededor van siendo mostrados y enmarcados(8), me pareció siempre medido, y exquisitamente delicado en algunas ocasiones. El cómo enfrentar y negociar "lo que viene" es un tema capital que muchas veces descuidamos, pero aquí está muy bien tratado.

El código de colores diferenciando los usos del programa, cuando no lo inunda todo, si sabe ser sutil, a mí siempre me gusta. Este es el caso. Pero aquí viene cuando la matan. Y Paquita es la que entra a matar, y de rojo (9):

Me ve haciendo fotos y me pregunta, enfadada, si soy yo el arquitecto responsable. Obviamente le digo que no. Pero nos ponemos a hablar. Que si a quién se le ocurre separarlo en pabellones... que si en invierno hace frío para ir de uno a otro... que si cuando llueve el pasillo central se llena de agua... que si hay goteras...que si uno se pierde con tanta curva...
Y yo, que hasta entonces estaba encantado, de repente sentí como si Paquita y su carro de la compra pasaran por encima de toda la comunidad arquitectónica y con razón. Aplastante.

En casos como este el proyecto está bien o mal en función de si hay poca o mucha gente que piense como ella.

Estoy deseando visitar el proyecto definitivo. Quizá me encuentre con Paquita. Me encantaría escuchar su opinión. Y tomar nota.

Porque uno de los lugares que más nos representa como pueblo, donde más se expresa el tejido social, es sin duda en el mercado. Y por buenas que sean las intenciones del arquitecto, no puede ser que el pueblo no esté contento con su mercado.