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artefacto ejerciendo su influjo, en la esquina de una iglesia de Formentera |
El determinismo mal entendido (es decir, cuando no es radical) puede producir monstruos espantosos. O como mínimo aves sin alas.
En cambio, comprendido e interiorizado hasta la médula, es la orgía suprema del sí, todo, siempre. O del no, nada, nunca. Es lo mismo.
Y entonces comienza, para los seres, el juego de la percepción.
A los factores que no vemos y a los que no queremos ver les gusta esconderse en rincones oscuros. Y permanecer allí observándonos, ejerciendo su influjo, constantemente. Didgeridoos que suenan, sin cesar, a frecuencias inaudibles.
Luego están los factores que creemos ver sólo porque percibimos partes de ellos, que a pesar de reportarnos lo controlable, ejercen la mayor parte de su influencia a través de dimensiones no aparentes.
Al final resulta que los factores invisibles son todos.
Pero hemos aprendido, como chapuza que medio-funciona, a conseguir cosas con ellos sin dominarlos.
Y cuando esas cosas nos sirven de marco espacial, especial, mágico y positivo para la vida, también las llamamos arquitectura.
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